Salva un Amigo

 

“CANICA DE CUMPLEAÑOS”

 

LA DECISIÓN:

Desde los tres años mi hijo único, pedía de regalo de cumpleaños un perrito. Al principio me hice la boba, pero después de tres años de la misma solicitud decidí complacerlo y asumir la responsabilidad de ampliar mi familia.

Recibí muchas ofertas de perritos de raza, cachorros regalados, perros de criadero con súper descuento… pero  varios hechos me hicieron escoger un perrito abandonado:  Por una parte  que hay muchos seres, entre ellos mascotas, sin hogar. Por otra parte, que los perros criollos tienen una inteligencia callejera especial, y si han sido abandonados conocen  como nadie el valor de la lealtad;  y por último, no me interesaba que mi hijo se relacionara con un status de perro sino con la esencia de un perro: su carácter, su capacidad de intercambiar afecto, de cuidar y acompañar.

LA ESCOGENCIA:

Muchas fotos de ida y vuelta por Internet: muy peludo, muy grande, muy chiquito, cara de bravo… y una foto de una perra asustadiza e indefensa a la que se le notaba el maltrato.

Después de mi última relación de pareja había hecho un pacto conmigo misma para dejar de “rehabilitar”  gente lacerada emocionalmente. Y si de recoger las cenizas de alguien se trataba, al menos que me batiera la cola y me lamiera la mano. Más fotos de ida y vuelta y la perrita amarilla asustadiza seguía  llegando en los archivos adjuntos  y llamándome la atención.

Cuando le mostré las fotos de las “finalistas” a mi hijo, escogió con lágrimas urgentes a la misma asustadiza amarilla. Estaba escrito. Nos estábamos buscando mutuamente. La  cita quedó hecha para dos días después con  Nelcy, la madrina voluntaria de Salva un Amigo, que nos llevaría  a recogerla a Zoonosis o como le dice mi hijo, el “matadero municipal”.  Empezamos a hacer la lista de nombres y después de muchas opciones escogimos “Canica”.

Llegó el sábado por la mañana. Abrimos la alcancía que tenía $25.500 en monedas de $500. Los primeros $25 mil  alcanzaban para liberar a la perra de la celda. (Por primera vez en mucho tiempo me pareció que el dinero tenía valor). El saldo era la cuota inicial de la que sería su casita. (bastante inicial). Mi hijo empacó en una bolsa su dinero y salimos a recoger a las voluntarias que nos llevarían al rescate.

Nelcy nos fue llevando poco a poco al interior de Zoonosis. Sitio al que me había jurado no entrar y menos aún  meter a mi hijo para evitarle una experiencia traumática. Cuando me di cuenta estábamos entre los ladridos de cientos de perros que con aullidos decididos te van pidiendo “ A mí, a mí, sácame a mí”.  Pero la decisión ya estaba tomada. Íbamos por Canica. Abrir la puerta  fue estar frente a la libertad. Para ella era el fin de un viacrucis y para todos nosotros el inicio de una experiencia comprometida, exigente y llena de primiparadas. Yo no había llevado correa así que  en una ferretería cercana le compramos una manila, que la hacía ver aún más “callejera”.  Después de vacunar a  la perra en el mismo lugar de adopción supe que no la podía bañar en dos días…!!!! HORROR! Puedes imaginar a qué olía esta criatura?

LA ADAPTACIÓN:

Ese sábado yo tenía un almuerzo en mi casa y el domingo un desayuno en la terraza con varias personas… y la nueva habitante con todo y olor. ¡Auxilio! ¡Urgente! Baño en seco para mimetizarle el almizcle. Para comprar las primeras necesidades  llegamos a uno de los almacenes perrícolas más grande de Bogotá, donde los dueños de mascotas desfilan con sus animales como extensiones del ego. Pero si de ego se trataba y a pesar del olor y la manila, mi hijo se sabía un héroe. Con sus ahorros y su persistencia le estaba salvando  la vida a esta cachorra.

No había dimensionado la lista: comederos, concentrado, juguetes, placa de identificación, collar de entrenamiento, talco para baño en seco, peinilla, antipulgas  y casa cómoda fueron las primeras compras. (Menos mal existen las tarjetas de crédito…) El que crea que adoptando un perro se evita algún gasto está muy equivocado. La responsabilidad es la misma. Igual come e igual tiene necesidades  que cada dueño llenará según sus posibilidades.

Por fin llegamos a la casa. Ella rápidamente salto sobre mi cama… llena de pulgas como venía y con el aroma de su antiguo refugio… Salimos a la terraza, su nuevo hogar, donde  la consentimos, la alimentamos, la cepillamos, la bañamos con vinagre en seco, le  pusimos talco,  le entregamos su primer juguete e iniciamos la convivencia.

Al siguiente día salimos al parque del vecindario  donde mi hijo le contaba a todos los curiosos que se acercaban a acariciar a esta amistosa perrita  que él la había sacado de “la perrera municipal donde las matan si no encuentran quien las adopte”. Fue muy fuerte ir a Zoonosis pero fue contundente  para todos. Y cada respuesta de mi hijo de 6 años fortalecía una de las razones de ser de este animal entre nuestra familia. Y supongo yo que cuestionó a quien estuviera listo para oír la historia.

Apenas pude bañarla (dos días después de su salida) la llevé a revisión del veterinario, a bañar, a cortarle las garritas de tigre y a acicalarla. Salió de su baño plena, limpia y feliz!  Pero no todo era color rosa. Completamos cuatro noches sin dormir. Ella quería estar adentro de la casa y lloraba y ladraba para lograrlo. Mis vecinos y yo queríamos dormir. Por más presión que hiciera yo no iba a ceder a la decisión de que cada uno tenga en la casa su lugar. Al fin y al cabo ella vive en un espacio que es la mitad de todo mi  apartamento. Allí está cómoda y protegida. Pero claro, tenía frío porque al principio le costaba meterse en su casa, supongo que por mal recuerdo del encierro.

Rápidamente asumimos nuevas rutinas: Paseo diario al parque, acompañar a mi hijo al paradero y siguiendo la recomendación de varios propietarios de perros, decidí agilizar el proceso de adaptación con un entrenador. Hay muchos. De todos los precios. Hay hasta guarderías de perros donde,  por una suma equivalente a la de un colegio, algunos matriculan a sus perros, los recogen en ruta, los entrenan, los meten a piscinas, los educan, los recrean... No es para nada criticable, solo que yo pienso distinto: Aún si mis posibilidades económicas me dejaran contratar este servicio creo que en ese caso “adoptaría” la educación de un niño. Así que me apoyé en un hombre joven, experto en perros de seguridad,  amoroso con los animales y sensato con mi bolsillo. Es un esfuerzo adicional que nos ahorra errores cometidos por ignorancia.

 

El entrenador  me enseñó que la perrita es más cachorra de lo que  parece y que en consecuencia necesita mucha actividad en el día para  estar cansada en la noche. Desde el respeto por este concepto hemos vuelto a  dormir ella, los vecinos y yo. Al segundo día de entrenamiento  aprendió a sentarse,  al tercero a marchar al lado sin jalar y ya sabe trotar mientras yo pedaleo en bicicleta… sin morderme!!!

Canica ya completó 10 días  en mi casa. Aunque todavía nos quedan muchas lecciones por aprender ya sobrevivimos a lo más difícil. También nos queda una vida por compartir y un vínculo por afianzar.  En poco más de una semana mi hijo ha ganado en autonomía una inmensidad. Asume con alegría sus tareas infaltables: la del desayuno y la comida para la perrita y cepillarla día de por medio. Ahora tiene más confianza hasta para dormir solo en las noches y se siente feliz de haberle salvado la vida a un animal. Para mí ha sido una motivación más para hacer ejercicio, una lección diaria de humildad limpiando sus deshechos y un llamado de la alegría cada vez que entro a la casa y sale batiendo su colita y saltando de alegría para conquistar una caricia.

Todavía es un poco brusca y grande para el tamaño de mi hijo pero ambos crecerán y entonces seremos amigos en la confianza, en la serenidad, en el cuidado mutuo y en haberle dado una segunda oportunidad a un ser que fue abandonado por su familia y enfilaba las listas de los desahuciados de la ciudad.

Adoptar una mascota  no es un acto que se deba hacer con ligereza. Es una decisión de fondo que requiere convicción, persistencia, paciencia, tiempo, disponibilidad y un corazón abierto para ver una mirada conmovedora,  aceptar caricias mojadas, saltos de euforia, algunos daños  que se irán ajustando con firmeza y con cariño, los mismos principios que   he aprendido en el proceso de crianza de mi hijo. El mismo balance que ahora practicamos día a día con la nueva integrante de la familia.

Feliz cumpleaños hijo y gracias por haberme sensibilizado para vivir esta  historia.

 


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